En 1900 la universidad era un club. En 2000, una autopista. En una sola generación, el privilegio se volvió promesa colectiva. ¿Y por qué empezó a frenar?
Mira el siglo. En su primera mitad, la universidad es un club: menos del 15% de los jóvenes entran. En su segunda mitad, una autopista.
EE.UU. abre la puerta: en 1944, el G.I. Bill manda a 2,3 millones de veteranos a la universidad. En 1960, el Plan Maestro de California promete educación superior sin matrícula. En 1972 nacen las becas Pell.
Reino Unido lo declara casi un derecho con el Informe Robbins (1963). Europa continental hace la universidad pública gratis o casi: Alemania abole las tasas en 1971; los nórdicos la consagran como derecho. España llega tarde, con la Ley General de Educación (1970) y la expansión tras la democracia.
El «ascensor social» fue real: el hijo de un obrero entró, becado, a un aula que su padre nunca pisó. En la OCDE, los adultos con título superior se duplicaron, del 22% en 1975 al 40% en 2000.
La promesa tenía una frase fundadora. Roosevelt, al firmar el G.I. Bill: «el pueblo americano no piensa abandonarlos».
Doble promesa: acceso (que la cuna no marque el techo) y ascensor (que estudiar te suba). Y, por una vez, la evidencia acompaña: la movilidad social aumentó con la expansión educativa de la posguerra.
Las becas eran el motor. EE.UU. las federalizó con la beca Pell (1972), que en los años 70 cubría más de tres cuartas partes del coste de una pública. Más de 100 millones de personas la han recibido.
Y aquí el asombro incómodo: el éxito mismo plantó la semilla del giro.
Masificar cuesta. En Francia, los estudiantes pasaron de 123.000 (1945) a 514.000 (1968), hacinados —una de las chispas de Mayo del 68—. Y los presupuestos no crecieron al ritmo de las matrículas.
Surgió la doctrina del reparto de costes (cost-sharing): el argumento de que el Estado «ya no puede pagar solo», así que el coste debe compartirse con familias y estudiantes vía tasas. Su inventor, Johnstone, lo llamó «la lógica de la austeridad» — un argumento, no una ley física.
Las grietas fueron tempranas. En California, Reagan empezó a recortar en 1966 e impuso una «cuota» en 1970. La financiación estatal de la Universidad de California cayó del 32% al 16%. La beca Pell pasó de cubrir tres cuartas partes a menos de un tercio.
El Reino Unido cerró el círculo: tras 1998, tasas y, en 1999, fin de las becas de manutención, sustituidas por préstamos. Lo que se construyó como derecho colectivo se redefinió como inversión privada —y la masificación, hija de la promesa, fue el pretexto.
«Da aviso enfático a los hombres y mujeres de nuestras fuerzas armadas de que el pueblo americano no piensa abandonarlos.»— Franklin D. Roosevelt, al firmar el G.I. Bill (22 de junio de 1944)
«Los estudios superiores deben estar al alcance de todos los cualificados por capacidad y mérito que deseen cursarlos.»— «Principio Robbins», Informe Robbins (Reino Unido, 1963)
«Corremos el peligro de producir un proletariado educado. Eso es dinamita. Hay que ser selectivos con quién dejamos ir a la universidad.»— Roger Freeman, asesor de Ronald Reagan, rueda de prensa de 1970
Falso en parte. Su gestión se delegó en estados y condados, lo que permitió discriminar a los veteranos negros, sobre todo en el Sur segregado. Fue real y racialmente sesgado a la vez.
No. Alemania Occidental cobró tasas hasta 1971; las abolió, las reimpuso en 2005 y las volvió a abolir hacia 2014. La gratuidad fue una conquista del siglo XX, no un dato eterno.
El relato del cost-sharing presenta las tasas como necesidad técnica neutral. Pero fue una decisión política: el Estado eligió retirar financiación, no que fuera imposible sostenerla.
La fluidez social subió en las cohortes de mediados del siglo XX y luego se estancó. El ascensor frenó.
En una sola generación, la universidad dejó de ser un privilegio heredado para volverse una promesa colectiva. Fue verdad: hubo ascensor. Pero en el momento de mayor apertura, alguien volvió a pulsar el botón de bajada —y lo llamó «realismo presupuestario»—. Lo que viene después es la historia de cómo se le puso precio otra vez.
La verdad no mata la magia. La merece.
Cada hecho se contrastó en varias fuentes, con prioridad a documentos primarios y trabajos académicos. Donde algo no se pudo verificar, lo decimos arriba.