Lee despacio: este es el volumen bisagra. No cambiaron las aulas ni las personas. Cambió una palabra. Y cuando cambia la palabra, cambia quién paga.
Estás ante el volumen bisagra. Antes de este capítulo, la educación era —en el lenguaje oficial— un derecho, un bien común. Después, empieza a hablarse de otra cosa: «retorno», «inversión», «empleabilidad», «cliente». Las mismas aulas, las mismas personas, otro idioma. Y cuando cambia el idioma, cambia quién paga.
No es una conspiración. Es algo más asombroso: una idea —elegante, medible, premiada con un Nobel— que se volvió tan dominante que dejó de parecer una idea.
Sigue la cadena. En 1961, Theodore Schultz propone tratar el saber de las personas como «capital». En 1964, Gary Becker lo convierte en teoría (Nobel 1992). Milton Friedman añade la palanca política: si rinde al individuo, que pague el individuo (y propone los «vales»). Y el Banco Mundial lo exporta al mundo.
Treinta y cinco años, tres generaciones, un cambio de idioma. Schultz pensó la idea; Becker la formalizó; Friedman la armó; el Banco Mundial la volvió condición de préstamo; la OCDE la volvió rutina.
Escucha la promesa, porque era seductora. Y en parte, verdadera.
«Invierte en ti.» Si tu educación es capital, eres dueño de un activo: no un súbdito que recibe, sino un inversor que decide. La teoría te daba algo embriagador: agencia.
Eficiencia y meritocracia. Si puedes medir el retorno de cada euro, lo gastas donde más rinde. Y si la educación rinde al que se esfuerza, el sistema premia el mérito, no la cuna.
Y el argumento más fino, el de Nicholas Barr: como la universidad beneficia sobre todo al graduado (que ganará más), ¿no es injusto que el cajero del súper pague con sus impuestos la carrera del futuro abogado? Que pague quien se beneficia. Una promesa de dignidad, eficiencia y justicia, todo a la vez. Por eso ganó.
Aquí se torció. El truco es sutil, y es lingüístico antes que político.
La teoría no dice «privaticen la universidad». Dice algo más modesto y más peligroso: que la educación es una inversión que rinde a quien la posee. Y si el beneficio es tuyo, entonces —«naturalmente»— el coste también debería serlo. Schultz no propuso cobrar matrículas. Pero al renombrar la educación como «capital» privado, hizo pensable que la pagara el privado.
Friedman activó la bomba: reconoció que la educación tiene «efectos de vecindad» (beneficios para toda la sociedad), pero los declaró fuertes en primaria y débiles en la universidad. Traducción: que la universidad la pague el individuo. La externalidad pública se reconoce con la boca pequeña y se descarta en la práctica.
El Banco Mundial lo volvió condición de préstamo: en 1986 escribió que subvencionar a todos los estudiantes es «inequitativo e ineficiente», y recomendó tasas y préstamos. Para decenas de países endeudados, no fue una sugerencia: fue parte del ajuste.
¿Quién ganó? El erario a corto plazo, el sector financiero (la deuda estudiantil es un activo) y las instituciones que cobran. ¿Quién perdió? Una idea: que educar a alguien es algo que nos debemos unos a otros, no algo que cada uno se compra a sí mismo. Esa idea no se abolió. Se quedó sin palabras.
«La sola idea de invertir en seres humanos resulta ofensiva para algunos de nosotros. Nuestros valores nos impiden ver a las personas como bienes de capital, salvo en la esclavitud, y eso lo aborrecemos.»— Theodore W. Schultz, «Investment in Human Capital» (1961)
«Los economistas consideran el gasto en educación, formación y atención médica como inversiones en capital humano.»— Gary Becker, voz «Human Capital» (Concise Encyclopedia of Economics)
«Los estudiantes pasan de ser consumidores en el mercado educativo a ser capital humano para el mercado laboral.»— Simon Marginson, crítica al marco del capital humano
La frase-motor del giro. Su trampa: confunde precio con valor. La educación da beneficios privados (más sueldo) y públicos enormes (democracia, salud, ciencia, confianza). Cobrar al individuo el coste de un bien que también es de todos no es justicia: es trasladar una factura común a un bolsillo privado.
Las cifras del Banco Mundial (Psacharopoulos) circularon como hechos duros, pero su metodología fue impugnada dentro de la propia disciplina (Bennell, 1996): el «retorno» era una estimación frágil vendida como certeza.
Quizá no del todo. La teoría de la señal (Spence) muestra que el título puede pagar bien aunque no aumente tu productividad: funciona como filtro. Si parte del «retorno» es señal, todo el «invierte en tu productividad» se tambalea (ver Vol IX).
El laboratorio fue Chile (1981): la pública se vació (del 78% al 50%), la segregación creció y los resultados no mejoraron. «Elegir» presupone que todas las familias tienen igual información, transporte y dinero. Quien puede, elige; quien no, hereda lo que queda.
El idioma cambió primero. Schultz dijo «capital» donde antes decíamos «derecho», y lo dijo sabiendo que ofendería. La política tardó treinta años en alcanzar a la palabra. Aprende esto y verás el truco en todas partes: cuando alguien te dice «invierte en ti», te está diciendo, en voz baja, que lo que antes te debíamos ahora te lo cobramos.
La verdad no mata la magia. La merece.
Cada hecho se contrastó en varias fuentes, con prioridad a documentos primarios y trabajos académicos. Donde algo no se pudo verificar, lo decimos arriba.